1 de agosto de 2012

LA LUMINOSAS TRINCHERAS DE COMBATE DE SENDERO LUMINOSO



LAS LUMINOSAS TRINCHERAS DE COMBATE DE "SENDERO LUMINOSO"  *

Era cerca de la medianoche cuando los pelotones guerrilleros comenzaron el ataque. No les tomó mucho tiempo llegar a controlar la población. El penal era su ob­jetivo principal. 78 de sus camaradas serían liberados, 168 presos comunes se les sumaron. Entretanto, en el cuartel “Los Cabitos” -a sólo dos kilómetros del centro de Hua­manga- las fuerzas del ejército se limitaban a reforzar la vigilancia mientras esperaban que, en Lima, el alto mando ­decidiera si debían intervenir o no.
Desdeñada por un aristocrático mandatario, enig­mática o indefinible para sus primos hermanos izquier­distas, la insurgencia senderista había ido avanzando con insospechada fuerza a través de las serranías ayacuchanas. Se había iniciado el 18 de mayo de 1980, con la quema de ánforas electorales en el pueblo de Chuschi, el día en que se celebraban elecciones presidenciales por primera vez en 17 años. El asalto al penal de Ayacucho la presentaba, por primera vez, como una amenaza nacional. Evidenciaba, en primer lugar, la derrota de la policía cuyos efectivos habían sido progresivamente confinados a sus cuarteles urbanos, dónde, como había ocurrido la noche del 2 de marzo de 1982, eran fácilmente neutralizables por los audaces des­tacamentos senderistas. La democracia nacía cediendo el campo a quienes se habían preparado para dirigir una gue­rra campesina. Temiendo acciones similares en otros pena­les de la república, en los días subsiguientes, el gobierno tomó la decisión de reabrir el antiguo penal de El Frontón. Ubicado en un islote frente al puerto del Callao, por déca­das había servido para poner fuera de acción tanto a de­lincuentes como opositores políticos. El propio Presidente de la República -Fernando Belaúnde Terry- había pasado ahí una temporada. En los años 70 había sido cerrado. En la década siguiente, su insularidad pareció ofrecer garan­tías frente a la crecientemente agresiva subversión. En los meses subsiguientes, decenas de “delincuentes subversivos” serían trasladados al apresuradamente rehabilitado penal.
Imposible sospechar que era ese el comienzo de uno de los más dramáticos capítulos de la “guerra popu­lar” senderista puesto que, en ágil adaptación a las nuevas circunstancias, el liderazgo subversivo determinaría que la conquista desde dentro de las prisiones, más que el asalto desde fuera, exitosamente probado en Ayacucho, era el ca­mino a seguir. Que -en el peculiar lenguaje senderista- las “mazmorras de la reacción” debían ser convertidas en “lu­minosas trincheras de combate.”
Este trabajo rastrea la evolución de esa concepción de trabajo político carcelario. Se trataba de asignar a la pri­sión un cierto papel en el escenario de la “guerra popular” que el Partido Comunista del Perú dirigía. Dicho papel de­bía ir reajustándose de acuerdo al desarrollo de la insurrec­ción. Esta avanzaba del campo a la ciudad. La prisión ofrecía la posibilidad de establecer una presencia tras las líneas enemigas, en el centro mismo del poder. Poniendo en juego su férrea voluntad, los “prisioneros de guerra” senderistas revertirían la situación de separación de la sociedad que, su­puestamente, la prisión garantizaba, para desafiar -desde su mismo patio interior- al poder constituido. En ese inespera­do terreno de disputa, ellos prevalecerían sobre sus captores en base a su superioridad ideológica y política, a su valor, su disciplina y su capacidad de entrega. De ahí, entonces, que la historia de la “prisión senderista” deba ser entendida en la perspectiva de la evolución de la “guerra popular” en su conjunto.
Producto de una organización de fuerte constitución ideológica, su configuración fue cuidadosamente diseñada y difundida a través de diversos documentos políticos. Parte de esta exploración es, por lo tanto, textual. Entrevistas y el conocimiento directo del espacio penal añaden la dimen­sión humana que, a su vez, permite interrogar con mayor penetración a la fuente escrita. El uso político de la cárcel, su redefinición como arena de lucha político-militar a ma­nos de una organización revolucionaria, es el tema central de este trabajo. Tal análisis se realiza desde la perspectiva de los protagonistas de dicha redefinición: el líder y estrate­ga máximo de esa organización, los dirigentes de las “trin­cheras luminosas de combate” –o LTC en los documentos senderistas- - y sus soldados rasos cuya entrega escribiría con sangre la epopeya partidaria. Comenzamos, por ello, examinando el desarrollo de la voluntad y la ideología que concibió y llevó a la práctica esta audaz y riesgosa empresa política. En el contexto de la izquierda peruana y latinoa­mericana reside ahí la distinción del Partido Comunista del Perú usualmente conocido como Sendero Luminoso.


“La Voluntad Encarcelada”, José Luis Rénique, profesor en el Lehman College, City University of New York. Frag­mento introductorio del estudio presentado en la reunión de Latin American Studies Association, Dallas, Texas, Marzo 27-29, 2003. Citado por Revista Ideele en mayo 2012.

2 comentarios:

carlosjosé dijo...

¿Se puede conseguir dicho trabajo?

Anónimo dijo...


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